salud / 03/07/12
Imagine un niño de ocho años al que llamaremos José. Es irritable y habla incesantemente. Incapaz de sentarse quieto y concentrarse, y su desempeño en la escuela no es bueno.
Y, sin embargo, clama ser el niño más listo del mundo y culpa su pobre desempeño académico a sus maestros. Hay periodos cuando su humor cambia abruptamente de la euforia a la depresión, para después regresar al primer.
Así, los síntomas de José lo diagnosticarían con desorden bipolar, que es caracterizado por episodios de manías y una forma menos severa llamada hipomanía. Estos estados de ánimo se alternan generalmente con periodos de depresión.
Hasta 1980, la mayoría de los profesionales de la salud mental creyeron que el desorden bipolar no ocurría en niños. Aunque todavía algunos sostienen esta premisa, la opinión general de la comunidad psiquiátrica ha cambiado drásticamente durante los últimos 30 años.
Este periodo se caracterizó por un disparo de diagnósticos de este desorden en niños.
En un estudio publicado en 2007, la psiquiatra Carmen Moreno, en aquel entonces del Hospital General de la Universidad Gregorio Marañón de Madrid, y sus colegas, encontraron un incremento del 40 por ciento, entre 1994 y 2003, en el número de visitas al psiquiatra por pacientes menores de 19 años y diagnosticados con bipolaridad.
Para el 2003, los investigadores reportaron que el numero de visitas de oficina que resultaron en un diagnóstico de desorden bipolar para estos jóvenes se incrementó de 25 por cada 100 mil personas a mil tres personas por cada 100 mil, un rango casi tan alto como el de los adultos.
Tal información ha esparcido una preocupación mundial de que la condición es notoriamente diagnosticada con poca mesura, contribuyendo tal vez al uso de inefectivos e incluso dañinos medicamentos para el tratamiento.
Fuente: Scientific American