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¿Cómo se le pone nombre a las estrellas?

Las estrellas tienen tantas denominaciones como pueblos han existido, sin embargo la mayoría de estos nombres han sido relegados al olvido. Ahora un grupo de astrónomos se propone recuperarlos.

Cuando en 2009 el astrónomo estadounidense Eric Mamajek descubrió una nueva estrella escondida en la constelación de la Osa Mayor, no lo pensó dos veces y la apodó Eleonora, como su esposa. “Era notable que una compañera estelar de la famosa estrella Alcor pudo permanecer oculta –– en un lugar tan estudiado del cielo –– durante tantos años. Se lo puse pensando que era un nombre bonito”, recuerda.

Los medios de comunicación que dieron cuenta del hallazgo retomaron el apodo, colocando a Eleonora en el mapa del cosmos, aunque temporalmente; como bien sabía Eric, para ser oficial primero debía aprobarlo la Unión Astronómica Internacional (UAI), el órgano de decisión sobre nombres de planetas y otros objetos relativos a la astronomía.

Aún así, “cuando haces un descubrimiento emocionante es difícil no caer en la tentación de darle un nombre divertido o personal”, reconoce. Además Eleonora sin duda era más llamativo y halagador que la designación alfanumérica que, de acuerdo con las directrices de la UAI le correspondía a su estrella: HD 116842 B o simplemente, ‘Alcor B’.

“Uno puede nombrar a las estrellas que quiera, pero eso no significa que tales nombres vayan a ser reconocidos por la UAI”, Mamajek.

Como si su propia experiencia con Eleonora no fuera suficiente, fue testigo de una segunda muestra de este interés público en 2016, cuando la UAI lanzó una convocatoria para nombrar a varios exoplanetas; aquellos planetas que giran alrededor de una estrella diferente del Sol. Más de 600 mil personas procedentes de 184 países sugirieron nombres como ‘Amaterasu’, ‘Meztli’, o ‘Quijote’ para bautizar a estos mundos recién hallados.

Pero el experimento evidenció un par de problemas: la mayoría de las estrellas a las que estos planetas estaban orbitando carecían de un nombre común, sólo tenían designaciones del tipo: HD 104985 o mu Arae, sin mencionar que hasta ese momento no se tenía en claro si la UAI reconocía o no de forma oficial los bien conocidos nombres de estrellas como Sirius, Pólux o Fomalhaut, heredados de la tradición astronómica universal. “Fue irónico”, confiesa Mamajek vía correo electrónico.

Se decidió que alguien debía poner orden a este hato de estrellas sine nomine y ése terminó siendo el mismo Eric, quien a la par de su trabajo como científico asesor del programa de Exploración de Exoplanetas de la NASA, preside desde 2016 el Grupo de Trabajo sobre Nombres de Estrellas (WGSN, por sus siglas en inglés) de la UAI.

Aunque esto pareciera la oportunidad perfecta para que ‘Eleonora’ forme parte del gran bautizo estelar que él y sus colegas preparan, en realidad –dice con humor– es al contrario: “Como presidente del WGSN creo que habría un obvio conflicto de intereses si propongo el nombre ¡Sería muy impopular entre mis colegas!”.

 

Nombrar a una estrella no es tarea fácil

Hasta ahora el WGSN, conformado por especialistas procedentes de todo el mundo, ha reconocido el nombre de poco más de 300 estrellas. Su labor, explica Beatriz García, doctora en Astronomía y miembro de esta comisión, no es elegir nombres al azar o ‘nuevos’, sino investigar los motes tradicionales de estos astros: aquellos que les fueron dados por las poblaciones y culturas de la Antigüedad. “Esas fueron sus primeras denominaciones”, refiere.

Si bien en Occidente las raíces de la mayoría de las estrellas vienen del griego, del árabe o del latín, en realidad “todas las culturas han nombrado estrellas –dice García, quien también es parte de la Colaboración Internacional en el Observatorio Pierre Auger, en Argentina y es presidenta de la Comisión de Educación y Desarrollo de la Astronomía en la UAI–.

«Darle nombre a las cosas es parte de la naturaleza humana”.

El problema, apunta, fue que muchos de esos otros pueblos no contaron con sistemas de escritura, por lo que buena parte de su conocimiento astronómico, difundido a través de la tradición oral, se perdió o bien simplemente se descartó.

En tanto, los saberes de origen griego referentes a las constelaciones, los movimientos de los astros y los nombres de las estrellas contenidos en el Almagesto (“Libro Magno” o “El Libro”) –– la traducción al árabe de la obra de Ptolomeo (85-165 d.C.) Mathematiké Sintaxis ––, se convirtieron en el abrevadero que durante toda la Edad Media, y hasta la llegada de la astronomía moderna inaugurada con Nicolás Copérnico (1473-1543), sació a esta ciencia.

“Serían estos nombres de origen griego y árabe traducidos al latín los que se propagarían por toda Europa durante el Renacimiento a través de los catálogos estelares”, cuenta Eric Mamajek. Incluso durante los siglos XIX y XX muy pocos nombres fuera de la tradición grecolatina llegarían a integrarse a tan ‘selecto grupo’.

Durante la primera etapa de trabajo del WGSN, se decidió que era fundamental dar continuidad a los nombres que habían aparecido con frecuencia en la literatura astronómica internacional por ello la labor de Mamajek y compañía principalmente consistió en ordenar y oficializar aquellos de procedencia ‘clásica’ y árabe tales como Sirius, Aldebarán, Electra, Atlas, Polaris o Regulus.

 

El problema residía en que muchas de estas estrellas no contaban sólo con un nombre, sino que podían encontrarse en la literatura astronómica bajo distintas denominaciones. De acuerdo con Beatriz García, en ocasiones tal diversidad se debía a que éstos eran escritos de manera diferente: “simplemente [en algún momento de la historia] alguien se equivocó al escribirlo”. El asunto era que este tipo de errores “necesariamente dificultaban saber si se trataba o no del mismo objeto, así como ubicarlo en la bibliografía”, explica la investigadora.

Hasta cierto punto, tomar una resolución en casos como éste se trató de un trabajo sencillo. Pero hubo otros en los que rastrear las raíces de un nombre requirió un verdadero trabajo de indagación en las fuentes históricas.

También lee:¿CUÁNTAS ESTRELLAS HAY EN EL UNIVERSO?
 

Honrar a los antepasados a través de las estrellas

Este enfoque permitió dar solución al problema de los nombres de la mayoría de las estrellas más brillantes. Sin embargo, quedaban por asignar denominaciones comunes a las más débiles, aquellas cuya magnitud el ojo humano todavía alcanza a apreciar sin necesidad de un telescopio, pero que debido a la dificultad para percibirlas, en su mayoría no cuentan con nombres propios en la tradición grecorromana.

No obstante para Mamajek estos astros huérfanos representaban, más que un dilema, la oportunidad perfecta para poner en marcha uno de los principales propósitos del proyecto de nombramiento estelar: recuperar motes de estrellas derivadas de las distintas culturas y tradiciones alrededor del mundo: “Es maravilloso ver la gran variedad de formas en que las personas han proyectado su imaginación en el cielo durante siglos y cómo han utilizado a las estrellas para reflejar un amplio espectro humano de experiencias”, explica el científico.

Su propuesta fue rápidamente aceptada por la comunidad internacional, quien la adoptó como propia. “No sólo estamos trabajando con los nombres que ya se conocían, también estamos sacando a la luz y difundiendo los dados a las estrellas por los chinos, por los pueblos de la polinesia o por las culturas de América”, detalla Beatriz García.

Bajo esta perspectiva, el WGSN dio a conocer a finales de 2017 un nuevo listado de 86 nombres. Esta vez habían sido obtenidos de todos los rincones del globo: desde la cultura china, hasta de las tribus de sudáfrica, coptas, hindúes, mayas, polinesias, nórdicas y amerindias; una pequeña muestra del vasto saber que poseen estos pueblos antiguos quienes enfocaron su mirada en el cielo.

Uno de los recién acuñados a este registro fue Chamukuy, de origen maya, el cual refiere a un pequeño pájaro. “La estrella es brillante, visible a simple vista y era conocida como (Theta-2) Tauri, en el cúmulo de las Hyades en la constelación de Tauro”, apunta la Dra. García.

“Mi favorito –– dice Eric, por su parte –– hasta ahora son un par de estrellas en la constelación de Escorpión denominadas Mu1  Scorpii y Mu2 Scorpii”. Éstos adoptaron los nombres Xamidimura y Pipirima, respectivamente.

Pipirima proviene de la mitología tahitiana, y es el nombre que se les daba a las Pléyades, el famoso cúmulo estelar localizado en la constelación de Tauro. De acuerdo con la leyenda, Pipirima eran un par de hermanos que tras darse cuenta de que sus padres no los amaban huyeron de casa y rogaron a los dioses ascender al cielo.

Xamidimura, en tanto, viene de las tradiciones de un pequeño grupo étnico de Sudáfrica, los Khoikhoi, y en su lengua significa “los ojos del león”, apodo con el que se conoce desde hace siglos a las dos estrellas (Mu1 Scorpii y Mu2 Scorpii).

Esta labor de rescate de la nomenclatura estelar no ha resultado ser sencilla. Sobre todo, explican los investigadores, debido a la escasez de registros materiales para varias culturas. Por ello, para recabar este conocimiento la WGSN ha sumado a su Odisea a antropólogos, etnólogos y otros especialistas, quienes toman el papel de detectives para ratificar que las denominaciones propuestas concuerden con las tradiciones que representan:

“Ellos se entrevistan con los líderes de estos pueblos para asegurarse de que los nombres son realmente originarios y descubrir aquel conocimiento que no es posible hallar en las fuentes escritas”, acotaó Beatriz García

Texto publicado en la edición de abril de 2018 de la revista Muy Interesante México.
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