Mujeres que cambiaron la manera de ver el espacio

Barbara Lewis es una de las mujeres que con el paso del tiempo ha salido del anonimato para resonar en la historia de los viajes al espacio logrados por Estados Unidos. A pesar de su temor para levantar la mano y hacer preguntas en clase cuando era estudiante. Barbara se matriculó en todas las clases matemáticas que ofrecía su escuela preparatoria en Columbus, Ohio; después se fue a estudiar la universidad a California.

El amor a los números hizo que esta chica de cabello grueso y ojos color café claro llegara hasta el Laboratorio de Propulsión a Reacción (JPL, por sus siglas en inglés), un centro en el que se construyen y operan naves espaciales no tripuladas de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA), que hasta finales de la década de los años 50 fue administrado por el ejército de Estados Unidos.

En este centro ubicado cerca de Los Ángeles, el primer proyecto de Barbara llegó en la década de 1940 con un programa llamado El Corporal, que consistía en un sistema de misil guiado con una cabeza explosiva de 450 kilos que viajaba a una velocidad capaz de eludir un avión de combate enemigo.

La labor de aquella joven de entonces 19 años consistía en calcular el empuje producido por el combustible, una mezcla de anilina y ácido nítrico rojo. Ella y el equipo de ‘computadoras humanas’, como se les llegó a conocer y que estaba integrado sólo por mujeres que se encargaban de hacer cálculos con la ayuda de lápiz y papel, sin saberlo estaban trazando el camino para desarrollar un propulsor hiperbólico (combinación de combustible y oxidante que reaccionan al ponerse en contacto) que veinte años después serviría para llenar los tanques de los vehículos para lanzamiento del Proyecto Apolo. Aunque en un principio las decenas de ensayos que realizaban para calcular la trayectoria de los misiles terminaban con fragmentos irreconocibles tirados por toda la instalación de pruebas de White Sands en Nuevo México, cada explosión más que un fracaso era un nuevo paso para llegar a la meta.

Un grupo de mujeres trabajadora de la NASA, las ‘Human Computers’ Fuente: History.com

Nuevas aliadas

En marzo de 1952 una nueva integrante llegó a dicho grupo. Al igual que Barbara, era amante de las matemáticas y había estudiado rodeada de hombres, pero había un rasgo que la diferenciaba enormemente de sus demás compañeras: era la primera persona afroamericana contratada por el instituto para ocupar un puesto profesional.

Esta mujer de nombre Janez Lawson egresó como licenciada en ingeniería química de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y tenía un gran dominio de las matemáticas, lo que la hizo acreedora a ser una de las dos mujeres que el JPL envió a un curso a la escuela de capacitación de IBM para después introducir a su equipo de trabajo la primera computadora electrónica, la IBM 701. En esa época este dispositivo era muy diferente a los aparatos de una sola pieza que conocemos hoy, pues aquélla estaba integrada por 11 componentes separados que en conjunto pesaban 9,300 kilos.

Estas mujeres en realidad tenían en sus manos algo más que simples libretas y números, también la vida de sus colegas si alguno de sus cálculos no resultaba correcto. Esto era una enorme responsabilidad y sabían que cualquier equivocación terminaría en una explosión. Sin embargo, con la necesidad de más ‘computadoras’ debido a la carrera espacial para crear cohetes, las nuevas contratadas eran chicas con experiencia más limitada y algunas, a pesar de estar capacitadas, no adquirían las habilidades necesarias en matemáticas o ciencias.

El equipo del JPL comenzó a trabajar en el Proyecto Orbiter para diseñar una nave espacial que se pudiera lanzar mucho más lejos que sus cohetes diseñados hasta ese momento. El grupo de ‘computadoras’ y de ingenieros trabajaron en conjunto para desarrollar la antena y la carcasa del satélite.

Además habían dado con un punto clave para construirlo: considerar múltiples cohetes que se encendieran en etapas para poderle dar a la nave el empuje necesario. Sin embargo, sus esfuerzos y planes se vinieron abajo en agosto de 1955 cuando el Comité para Capacidades Especiales del Departamento de Defensa de Estados Unidos decidió elegir un satélite de la Marina llamado Proyecto Vanguard, y no el suyo. Tras la decepción, se concentraron en el proyecto Júpiter- C, el cual tuvo como fin el lanzamiento secreto del Misil RS-27 Júpiter-C el 20 de septiembre de 1956 en Cabo Cañaveral, Florida.

Otros proyectos llegaron después, como Juno; pero también fue cancelado. Además el equipo de ‘computadoras humanas’ con más experiencia iba disminuyendo conforme alguna quedaba embarazada, ya que en aquella época no existía la incapacidad por maternidad y al ser mamás tenían que renunciar a su vida laboral, como en el caso de Janez.

Helen Ling Chow, una graduada de la Universidad de Notre Dame, en Indiana, EUA, fue otra de las integrantes del equipo del JPL que participó en distintos planes, entre ellos el Proyecto Deal, que buscaba hacer frente al lanzamiento del Sputnik y Sputnik 2 de la Unión Soviética. El programa consistía en que el cohete lanzaría dicho satélite mediante un diseño de cuatro etapas. El equipo femenino del JPL pasaba día y noche verificando las trayectorias que seguiría y calculando los efectos de la temperatura, velocidad y presión.

El día que tenían programado para su lanzamiento éste se retrasó debido a los vientos que azotaban Cabo Cañaveral, sin embargo la noche del lunes 31 de enero de 1958 Estados Unidos ponía en órbita su primer satélite, el Explorer 1, gracias al arduo trabajo de estas mujeres. Tras este acontecimiento hubo altos y bajos dentro de la exploración espacial, por ejemplo el fracaso del lanzamiento del Explorer 2, del cual su cuarto cohete no encendió. Qué tan lejos y cuán alto volaría la aeronave dependía de los cálculos que estas mujeres hacían y registraban en hileras de números en sus libretas. En algunas ocasiones para tener una copia de estos datos usaban papel carbón amarillo por debajo del milimétrico; en este tipo de hojas cada punto que se ponía significaba la altura que el cohete alcanzaría. Incluso estos cálculos se volvían parte del entretenimiento cuando las ‘computadoras’ hacían competencias  para ver quién descifraba más rápido ciertas ecuaciones, como si de resolver un acertijo en el menor tiempo posible se tratara.

El desempeño de este grupo de mujeres hacía que ellas y los ingenieros con los que trabajaban (solamente hombres) hicieran los cálculos a mano antes de confiar en el dispositivo de IBM que habían adquirido anteriormente y el nuevo producto que había llegado, la IBM 704, pues requería reparaciones constantes pese a ser más poderosa que la IBM 701.

Foto: Barbara Paulson

 

Cambio de planes

En 1958 recibieron una noticia que enfocó su camino solamente a la exploración espacial, ya que con la creación de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA), la labor del laboratorio pasaría a enfocarse a “planificar y ejecutar misiones lunares y planetarias sin tripulación, además de desarrollar los cohetes necesarios para lograrlo”, y dejaron a un lado los proyectos armamentísticos que también eran administrados por el ejército de Estados Unidos. Aunque habían quedado en segundo lugar luego de que los soviéticos les ganaran en mandar el primer satélite y en lanzar la primera nave que volara cerca de la Luna, su objetivo era claro: ganarles en llegar a la superficie lunar. Sin embargo, en octubre de 1959 la Unión Soviética consiguió dejarlos en segundo lugar con el aterrizaje de la nave espacial no tripulada Luna 2.

Poco después de ello, Barbara tuvo que dejar el departamento debido a su embarazo. Para esa fecha había conseguido posicionarse como la jefa de las computadoras humanas, y su puesto fue reemplazado por Helen. Incluso el grupo llegó a conocerse como “las chicas de Helen”, aunque se llamaban a sí mismas “la hermandad”. Meses después Helen también se embarazó pero al contrario de las demás mujeres que habían dejado su trabajo, ella se auxilió de sus vacaciones y su permiso por enfermedad para estar con su bebé tras el parto y regresar a trabajar después.  Su entusiasmo por ser madre y trabajar al mismo tiempo hizo que llamara a Barbara y le ofreciera regresar a trabajar a su equipo. En la década de 1960 solamente el 25% de hijos de menos de 18 años formaban parte del campo laboral, lo que hacía a Helen y Barbara parte de estas excepciones.

Para esas fechas, la Luna no era su único objetivo y por ello lograron en diciembre de 1962 que la nave espacial Mariner hiciera su mayor acercamiento a Venus y lograra escanearlo con ayuda de medidores infrarrojos y de radiación de microondas. Ésta fue su primera victoria ante los soviéticos e impulsaba enormemente a Estados Unidos en la llamada carrera espacial.

Pese a su excelente trabajo, el avance de la tecnología fue mermando su labor pero mejorando la rapidez de los cálculos. Las computadoras electrónicas iban desplazando en diferentes lugares a las humanas y los rumores de que lo mismo pasaría en el JPL eran cada vez mayores. No obstante, el equipo de trabajo ya no fungía solamente como ‘computadoras’, también como las primeras programadoras de computación de la NASA, lo que todavía les daba un respiro, porque no sólo bastaba con ser buenas en matemáticas sino también saber ejecutar programas en sus ‘colegas electrónicos’ de IBM.

En julio de 1964 el lanzamiento con éxito del Ranger 7 representó un paso más para Estados Unidos en la carrera espacial, luego de que la nave mandara las primeras señales desde la superficie de la Luna. La planicie llena de cráteres fue vista por primera vez por los humanos, gracias al grupo de computadoras humanas e ingenieros de la NASA.

Los cambios profesionales y personales fueron muchos dentro de este grupo que trabajó por décadas demostrando que la ciencia y los números no son exclusivos de los hombres. Estas grandes mujeres y otros nombres más como Barbara (Barby) Canright (la primera computadora humana), Macie Roberts, Melba Nead y Susan Finley, han sido recordados no solamente por la joven escritora estadounidense Nathalia Holt en su libro Las mujeres de la NASA (Rise of the Rocket Girls, 2016), sino por todas las personas que directa o indirectamente han participado en las operaciones de esta agencia espacial para llevar las primeras sondas a la Luna, Venus y Marte.

Sin importar el color

Las mujeres tuvieron gran impacto en la NASA para lograr las grandes victorias de Estados Unidos durante la carrera espacial contra la Unión Soviética. Uno de los nombres que han conseguido un lugar especial en la memoria colectiva es el de la matemática Dorothy Vaughan (1910-2008).

Esta mujer comenzó a trabajar en 1943 en el Centro de Investigación de Langley del National Advisory Committee for Aeronautics (NACA), que después se transformó en la NASA. En 1949 se convirtió en la primera mujer afroamericana en obtener el puesto de jefa de personal. Recibió el cargo de supervisora y directora de las West Area Computers, un grupo de mujeres conocidas como ‘computadoras humanas’ que realizaron los cálculos necesarios para lanzar cohetes y astronautas al espacio.

Su vida y la de otras mujeres afroamericanas como Katherine Johnson (quien calculó la trayectoria de las misiones Apolo y Mercurio) y Mary Jackson (primera ingeniera afroestadounidense de la NASA), que también formaban parte de este especial grupo, fue relatada por la escritora estadounidense Margot Lee Shetterly en su libro Hidden Figures: The American Dream and the Untold Story of the Black Women Who Helped Win the Space Race publicado en 2016 y que después sirvió como base para la creación de la película Talentos ocultos estrenada ese mismo año.

El filme sobre este grupo de mujeres conocidas como ‘computadoras del ala oeste’, por ser un grupo apartado de mujeres de color, fue nominado a tres Premios Oscar en 2017, aunque no los ganó.

MUJERES TRABAJANDO. Algunas integrantes de las computadoras humanas: Dorothy Vaughan, Leslie Hunter y Vivian Adair, en 1950. Via Smith Collection/Gado/Getty Images).

 

Mujeres icónicas de Barbie

La marca de muñecas estadounidense creó una nueva línea inspirada en las historias de íconos femeninos mundiales, con el objetivo de incentivar a las nuevas generaciones de niñas a marcar una diferencia.

La colección destaca nombres como el de Frida Kahlo, la aviadora Amelia Earhart y la científica y matemática Katherine Johnson, quien no solo calculó la trayectoria de las misiones Apolo y Mercurio, también fue galardonada con la Medalla Presidencial de la Libertad en 2015. Johnson trabajó en el campus de la NASA en Hampton desde la década de 1950 hasta la década de 1980.

Por: María Fernanda Morales Colín


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