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Falsos culpables y castigos divinos: éstas eran las supersticiones medievales sobre la peste negra

Para ‘defenderse’ de la peste negra, las personas en Europa crearon una serie de supersticiones medievales, ritos y creencias. Éstas son algunas de ellas.

Por Covadonga Álvarez

Como un fantasma, la peste negra recorrió Europa entre 1347 y 1350 causando terror y desesperación. Fue la plaga más mortífera que conoció la humanidad y acabó con un tercio de la cristiandad. Se desconocía su origen y su remedio y se creía que podía ser un castigo divino, de modo que para hacerle frente se recurrió a los ritos y creencias esotéricos y hasta a la astrología. Éstas fueron algunas de las supersticiones medievales.

Desconocimiento, terror y supersticiones medievales

Ilustración: Christophel Fine Art/Universal Images Group via Getty Images

El desconocimiento y el miedo desencadenan comportamientos primitivos en el ser humano, reacciones más instintivas que racionales. Y eso es lo que ocurrió durante la plaga que asoló Europa en el siglo XIV. La peste negra logró generar un pavor mayor que la reina de los males antiguos, la lepra. Y es que no sólo la tasa de mortalidad era extraordinariamente alta; además, nadie sabía a qué se debía, cómo se transmitía ni qué podía hacerse para curarla.

Barcos genoveses infectados procedentes de Asia atracaron en Mesina en 1347 con la mayor parte de la tripulación muerta, y el resto contagiada. Desde allí, la enfermedad se extiende al resto de Italia y a la mayor parte de Europa. Antes de que los gobernantes puedan reaccionar, la población empezó a morir a miles y el terror se apoderó de la gente, que creía que ha llegado el fin del mundo.

Las multitudes buscan auxilio en la Iglesia, pero los propios monjes de los monasterios estaban muriendo en masa y demostrando que los rezos no servían para salvarlos. ¿Qué opción quedaba? Recurrir directo a los santos y sus reliquias, pero también a curanderos, brujos y alquimistas.

Falsos culpables

Ilustración: Photo 12/Universal Images Group via Getty Images

Como parte de esa reacción irracional ante el miedo que provocaba la peste, se buscaron culpables y se encontraron. En Europa fueron los judíos, quemados a cientos en las hogueras acusados de envenenar los pozos para acabar con la cristiandad. Pero los prejuicios, el odio y el miedo provocaron que se acusara y matara también a los leprosos, a los que sufrían psoriasis, a las mujeres, a los musulmanes, a los extranjeros o a las brujas.

Empezó una persecución terrible de las mujeres sospechosas de practicar la brujería, que acabó con ellas torturadas para que confesaran sus “poderes ocultos” y quemadas en la hoguera vivas tras juicios más que cuestionables. En muchas ocasiones las víctimas eran parteras y sanadoras, receptoras del conocimiento ancestral de medicina y química, pero se creía que si tenían “poderes” para sanar tenían necesariamente que haber aprendido esos conocimientos del mismísimo Belcebú.

Las brujas tuvieron su lugar dentro de la “medicina medieval” como curanderas entendidas en hierbas medicinales. La gente recurría a ellas, a sus recetas, ungüentos sanadores y filtros amorosos, pero también les temía porque las creía dotadas de poderes extraordinarios. En torno a ellas, se diseminaron varias supersticiones medievales sesgadas por el género. Por eso, fueron el chivo expiatorio perfecto ante la peste.

Remedios naturales

Ilustración: Wikimedia Commons

Al desconocimiento de la enfermedad hay que añadir el de los medicamentos de base científica (no se desarrollarían hasta el siglo XVIII). La medicina que existía en la Edad Media estaba muy ligada a lo natural. Se basaba, en buena medida, en remedios terapéuticos vegetales, en el conocimiento de las propiedades curativas de todo tipo de plantas y en saber preparar ungüentos, algo que se transmitía oralmente de generación en generación y que solía recaer en las manos de curanderos y curanderas.

Todos los temas referentes a la medicina, las enfermedades y las epidemias se veían rodeados de un halo mágico, que produjo una multiplicidad de supersticiones medievales. Sin ir más lejos, los propios médicos ponían hierbas aromáticas en sus máscaras esperando que la fragancia del ámbar gris o las hojas de menta los mantuviera a salvo.

Algunos se protegían mascando ajo y tabaco y otros frotándose la piel y el pelo con agua de rosas o con vinagre, o impregnando con este los pañuelos que se llevaban a la boca. Para purificar el aire en los interiores se ponían a cocer especias (para crear vapor) o se quemaban plantas como incienso o flores de manzanilla. También el fuego resultaba una medida purificadora que se utilizaba ampliamente para destruir ropas y enseres que pudieran estar infectados.

Por culpa de los astros

Ilustración: Wikimedia Commons

Giovanni Boccaccio, en la primera jornada de su obra El Decamerón, hace la mejor y más ilustrativa de las descripciones de la epidemia de peste negra en Florencia y del modo en que debió vivirla la población europea, pero lo que resulta sorprendente es a qué o a quién encuentra responsable:

“Por obra de los astros celestes o por nuestras iniquidades, enviada por justa ira de Dios sobre los mortales para nuestra enmienda,” escribe el poeta.

El florentino manifiesta en esta afirmación las dos grandes corrientes de pensamiento que dominan en la Edad Media acerca del devenir del ser humano: la enfermedad como castigo divino y el firmamento como detonante en la fortuna del universo.

Las fuentes clásicas aluden a la influencia del signo del zodiaco bajo el que nace un individuo en el transcurso de su vida, y estos saberes se transmiten desde los doctrinales de caballerías hasta las obras religiosas y literarias. Alfonso X el Sabio ya impulsó los estudios sobre materia astronómica y los fenómenos astrológicos se suceden en las vidas de los santos y en las de los héroes y no faltan estrellas anunciadoras, eclipses o signos de fuego en marcados acontecimientos históricos.

[…]

En cierta medida, los primeros pasos de la medicina moderna se darían a consecuencia de la peste negra, pero antes de llegar a eso el mundo de las supersticiones relacionadas con la enfermedad vivió su momento de oro.

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Supersticiones medievales y magia

Ilustración: Wikimedia Commons

Ya en el siglo IV san Agustín decía que “la superstición es pagana y demoníaca”, pero es en la Edad Media cuando se recrudece. Abundan los talismanes que se llevan para contrarrestar la nigromancia o el mal de ojo, creencia muy extendida que practican incluso los reyes. En los autos de la Inquisición se menciona el poder de ciertas piedras y se dice que quienes se consagran al demonio pueden adquirir poderes sobrenaturales con sólo llevar ciertas joyas que demuestran el poder de determinadas piedras. Esas mismas personas podían evitar grandes males recitando la Biblia o esgrimiendo la cruz, símbolo máximo del cristianismo.

Como vemos, la línea que separa religión y magia es realmente muy fina. El cristianismo medieval juzga y castiga las supersticiones no religiosas por pecaminosas, pero a la vez otorga a ciertos elementos o ritos relacionados con el cristianismo poderes sobrenaturales (básicamente, de protección). Por ello, las supersticiones medievales prevalecieron durante siglos.

Ante un problema, se les concedía a ciertos ceremoniales o a una serie de objetos poderes excepcionales. Se trataba de obtener una protección constante, tanto con medios materiales como espirituales; de ahí el papel que juegan el ángel de la guarda y los santos auxiliadores en las creencias populares de la sociedad medieval.

La enfermedad como castigo divino

Ilustración: Historica Graphica Collection/Heritage Images/Getty Images

El cristianismo otorgaba a Dios el poder de curar y enfermar, de modo que la enfermedad era vista como un castigo, una prueba. Pero también se le confería un gran poder a Satanás y a los demonios, en ocasiones más que a Jesucristo y los santos, de ahí que la enfermedad se viera asimismo como un mal demoníaco y la práctica de la medicina estuviera muy ligada a las supersticiones medievales.

La idea del castigo de Dios derivó en una religiosidad exacerbada dominada por la culpa (desde los años de la peste crecieron la venta de indulgencias, la donación de bienes a la Iglesia, la construcción de templos y las peregrinaciones a los lugares santos como Roma o Santiago de Compostela). Era la voluntad de Dios la que decidía quién vivía y quién moría, y era a Él a quien se debía invocar para la cura.

La religiosidad de la gente de la época movía a las autoridades a promover actos religiosos con el único afán de conseguir la protección divina. Así, se organizaban procesiones multitudinarias y solemnes por las calles de ciudades para pedir clemencia de Dios y evitar la propagación de epidemias, aunque, como sucedió con la que emprendió el papa Gregorio Magno en el siglo VI, algunas aglomeraciones se convertían en grandes focos de muerte y contagio.

[…]

Este texto se publicó originalmente en un especial de Muy Historia. ¡Consíguelo en tu puesto de revistas favorito!

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