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La historia de Jack O’Lantern: el hombre que engañó dos veces al diablo

Detrás de Jack O’Lantern está la historia del avaro, tramposo, mítico hombre que engañó dos veces al mismo Diablo.

Por Yamil Narchi Sadek

En México, los días del 31 de octubre al 2 de noviembre son pura gozadera: fiestas, comida, decoraciones, concursos, desfiles. Y pan de muerto. Mucho pan. Pero la cara de estas festividades en nuestro país es doble. Tenemos por un lado el mexicanísimo Día de Muertos, construido a partir de las celebraciones precolombinas de la cosecha y su sincretismo con el Día de Todos los Santos católico.

Por el otro, el muy polémico Halloween, también producto de una evolución histórica del Samhain, celebración otoñal celta, y su sincretismo con la Víspera de Todos los Santos. Justamente ése es el significado de la palabra Halloween: hallow quiere decir “santo” mientras even(e’en) significa “víspera”.

Así las cosas, la protagonista de estas fiestas es la calaca tilica y flaca, pero hay otro personaje que la sigue de cerca en popularidad: la calabaza tallada. En nuestro país, esta calabaza no tiene nombre, aunque pulule. En Estados Unidos se le conoce como Jack O’ Lantern, o sea “Jack, el de la linterna”. ¿Y ese personaje, de dónde salió?

Tallar rostros en frutas

Foto: Getty Images

Empecemos por decir que las raíces de Jack O’ Lantern son múltiples y un tanto confusas. Se cree que los antiguos celtas empezaron la tradición de tallar rostros en frutas, tubérculos y verduras (papa, betabel y sobre todo nabos) como parte de su culto guerrero a las cabezas. En su folklor, las historias de los héroes a menudo implican cargar con las cabezas de los enemigos como trofeos.

Esta tradición era patente en Samhain, su fiesta de la cosecha, cuando ponían carbones encendidos dentro de estos comestibles, aparentemente para ahuyentar a los malos espíritus, ya que esa noche, la del 31 de octubre, el velo que dividía a nuestro mundo del de los muertos y los sidh, seres sobrenaturales similares a las hadas, era tan delgado que permitía el paso hacia uno y otro.

Además, estas linternas servirían para transportar el fuego ritual a los hogares de cada familia. Blane Bachelor, de National Geographic, cita a Nathan Mannion, curador de EPIC, Museo de la Inmigración Irlandesa:

“Las linternas metálicas eran caras, así que la gente vaciaba tubérculos. Con el tiempo, comenzaron a tallar sobre ellos caras y otros diseños para que saliera la luz sin extinguir las ascuas.”

Hay evidencia de poblaciones en Irlanda, Escocia e Inglaterra en que estas lámparas formaron probablemente por siglos parte de las celebraciones de octubre o noviembre, junto con cantos y las peregrinaciones de casa en casa pidiendo postres o velas para poner en la linterna.

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¿Y el nombre Jack O’Lantern?

Foto: Getty Images

Puede ser rastreado de dos maneras. La primera tal vez respondería a la forma en que los ingleses del siglo XVII hablaban de los fuegos fatuos. Estos son un fenómeno químico natural en que la materia orgánica se descompone, emitiendo una fluorescencia que se puede apreciar como un pequeño fuego volando sobre el suelo de los pantanos o, por obvias razones, de los cementerios. Como era fácil confundir un fuego fatuo con algún vigilante nocturno, les empezaron a decir Jack, nombre que hacía alusión a cualquiera, a un Juan de las Pitas, vaya, el de la linterna: Jack O’ Lantern.

Por otro lado, la tradición irlandesa relata la leyenda de Jack el herrero o Jack el Avaro. Cuentan que la pecaminosa vida de Jack, su fama de tramposo y de mezquino, llegaron hasta el mismísimo Diablo, quien ansiaba conocerlo. Cierta mañana que Jack salía de casa, el Diablo se le apareció en la forma de un cuerpo tirado en su camino. Cuando Jack quiso ver la cara del cadáver, se encontró al demonio anunciándole que era hora de llevar su alma al infierno.

Jack pidió entonces que, como último deseo, se le concediera una comilona y una buena borrachera, ya que a donde iba nada le volvería a saber. El Diablo pensó que era buena idea pasar un rato conociendo al famoso Jack y lo llevó a la taberna más cercana, donde comieron y bebieron hasta hartarse. A la hora de pagar la cuenta y partir en su largo viaje, el herrero declaró que no tenía dinero y sugirió que debía ser Satán quien pagase.

Todo el mundo sabe que los demonios no cargan efectivo, así que Jack dio la idea de que el Diablo se convirtiese en una moneda de plata. Con ella pagarían y, al volver a su forma original, ambos habrían cometido una fechoría más engañando a los taberneros. Sin embargo, una vez ocurrida la primera transfiguración, Jack se guardó la moneda en el bolsillo en lugar de pagar con ella. Allí guardaba un crucifijo de plata que impediría al demonio transformarse. Sabiendo que había engañado al mismo Diablo, Jack condicionó su liberación: tendría diez años más de vida. Satanás, desde luego, accedió.

Vagar por las sombras del mundo

Fotografía: Kimi Albertson / Unsplash

Al cumplirse el plazo establecido, el Diablo se presentó de nuevo frente a casa de Jack, quien salía en ese momento a su jardín. Tras escuchar el esperado anuncio de que era hora de llevar su alma al infierno, Jack volvió a pedir una última voluntad, aunque mucho más modesta: una manzana de su árbol. El demonio no vio cómo podría esto comprometerlo, así que trepó el árbol de Jack, escogió un jugoso fruto y cuál habrá sido su sorpresa al ver que no podía bajar de la copa. Abajo, Jack había tallado velozmente con su cuchillo una cruz sobre la corteza del tronco.

Había engañado dos veces al Diablo. La negociación tuvo que ocurrir de nuevo. Esta vez, el truhan pidió dos cosas: que se le dejara morir de manera natural en otro momento y que el maligno jurara que su alma jamás terminaría en el infierno. Satanás, desde luego, accedió, pero sospechosamente más gustoso esta vez.

Años más tarde, aunque no muchos, Jack murió de causas naturales, pero al ascender al cielo le fue negado el acceso. Su alma estaba negra de pecados y su lugar debía ser el infierno. Al llegar a ese oscuro lugar, Satán mismo lo esperaba en la puerta para recordarle su juramento. No tendría más opción, le aclaró, que vagar por las sombras del mundo indefinidamente. Su única misericordia fue arrojarle un carbón encendido de las llamas eternas del averno. Jack ocupó de nuevo su cuchillo, pero esta vez talló un nabo para poder cargar el carbón dentro a modo de una linterna. Así, cuando los irlandeses ven un fuego fatuo flotando en la noche, saben que quien acecha es en realidad Jack O’Lantern, el de la linterna.

Sin entrar al Paraíso

Fotografía: Kimi Albertson / Unsplash

Desde luego, esta historia de Jack O’Lantern tiene múltiples variantes. Incluso algunos afirman que Jack O’Lantern, tras ayudar a un ángel en forma de un viejo, pidió de él tres deseos que dejaron en claro, a los ojos del cielo, su extrema tacañería: castigos terribles para quien osara sentarse en su silla, ocupar sus herramientas o hacer leña de su madera. En esa versión sería el ángel quien se encargara de que Jack no pudiera entrar en el cielo.

¿Y cómo llegó todo esto a las calabazas? El siglo XIX fue cruel con las cosechas en Irlanda. La gran hambruna de las papas provocó emigraciones masivas que terminaron por arribar en grandes proporciones a las cosas de los Estados Unidos. Este país no parecía tan productivo en nabos para hacer las tradicionales linternas, pero sabemos que Norte y Centroamérica tienen una larga tradición y abundancia de calabazas.

Nos dice Lisa Morton en su libro Truco o trato: Una historia del Halloween: “En Estados Unidos, las calabazas (…) se tallaban con caras sonrientes desde décadas antes de la llegada del Halloween” (Morton, 2012). Así fue como estas bayas, mucho más grandes, permitieron que su tallado se convirtiera en un arte estacional, así como un negocio de gran escala. Las ascuas de los carbones se transformaron en veladoras, velas y lámparas eléctricas.

Hoy, los pórticos estadounidenses reciben a sus visitantes con calabazas iluminadas que espantan a los espíritus merodeadores y decoran en México las fiestas que hemos adoptado del Halloween. En cada adorno, disfraz, foco o depósito de dulces en forma de calabaza, se asoma el avaro, el tramposo, el mítico Jack O’Lantern. Y, desde su eterna condena, nos mira.

Yamil Narchi Sadek (1976) es escritor, profesor y teatrista. Dio una plática sobre poesía en TedEx Coyoacán (2016). Publicó en 2019 su poemario Puerto es naufragio en Elefanta Editorial.

Fuentes consultadas

Lisa Morton. Trick or Treat: A History of Halloween. Reaktion Books. 2012.

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Andrea Fischer @www.twitter.com/andreafis

Hago periodismo de ciencia. Construyo historias que buscan algo insólito desde la cotidianidad. Por eso, también, me gusta llevar mi Minolta análoga a todos lados. La cámara tiene más años que yo, pero nos entendemos. No se me quita la moleta costumbre de escribir a mano. Edito Muy Interesante para México y América Latina. Me desempeño como corresponsal especial para National Geographic en Español, Wall Street International Magazine y otros títulos digitales.

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