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El misterio de la mujer que escapó con un niño en brazos hace 13 mil años

¿Que hacían los humanos de la prehistoria? ¿Cuáles eran sus preocupaciones, sus inquietudes y sus miedos? Las huellas de la caminata prehistórica más larga jamás encontrada entrañan un misterio de hace 10 mil años con una mujer como protagonista.

Una persona de baja estatura camina rápidamente entre la superficie pantanosa, sorteando lodo, fango y toda clase de obstáculos a su paso. Su ritmo no es casual: las huellas demuestran que avanzaba aproximadamente a 1.7 metros por segundo en una sola dirección, como quien tiene urgencia por llegar a algún sitio y conoce su destino.

La profundidad de sus huellas (conservadas durante decenas de miles de años en lo que ahora es un lago seco y en apariencia desértico) aporta un dato aún más revelador: los pies de la persona en cuestión se apoyaban con más fuerza hacia el exterior, deslizándose entre el suelo húmedo y resbaloso; una señal de que cargaba algo consigo.

Foto: Amy Bond, Thomas Fleischman / Cornell University

 

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La incógnita se revela metros más adelante. En distintas partes del camino aparecen huellas pequeñas que dan cuenta de un niño menor de dos años que acompaña los pasos de quien, en teoría, debía ser su madre.

Sus pequeñas pisadas son discontinuas, lo que demuestra que el menor recorría tramos sobre los brazos de su madre y en otros más, ella –probablemente víctima del cansancio– lo dejaba andar por sí mismo.

En un momento de su recorrido que se extiende por kilómetro y medio, un perezoso gigante se detuvo para olfatear las huellas. Después de girar en todas direcciones, el animal decidió seguir su camino. Lo mismo que un mamut, para el que el rastro humano pasó desapercibido.

Hace 13 mil años, el paisaje del Monumento Nacional de las Arenas Blancas en Nuevo México era muy distinto al actual. En vez del panorama desértico con dunas y escasa vegetación del presente, esta región estaba compuesta por pantanos en los que el lodo dificultaba el movimiento.

Foto: Amy Bond, Thomas Fleischman / Cornell University

 

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Era el final del Pleistoceno y la vida para los Homo Sapiens no resultaba fácil: los antiguos humanos se organizaban en grupos de cazadores-recolectores, que buscaban refugio en cuevas y fabricaban herramientas de piedra y madera sencillas.

Tal fue el escenario de la caminata prehistórica más larga jamás conocida, una historia llena de misterio protagonizada por una mujer y un niño, que parte de las huellas conservadas durante miles de años en el lecho de un lago seco perteneciente a la cuenca de Tularosa, en Nuevo México.

Después de alcanzar un punto cualquiera, las huellas demuestran que la mujer regresó sobre sus propios pasos, esta vez ligeros y propios de su peso, una señal de que ya no cargaba al menor entre sus brazos. Tampoco aparecen sus huellas pequeñas, lo que sugiere la posibilidad de que la madre haya dejado al menor con alguien de su grupo.

Foto: Getty Images

A partir de este punto, la historia está abierta a distintas teorías: ¿Por qué caminaba tan rápidamente la mujer con su hijo a cuestas? ¿Escapaban de un peligro? ¿Quién esperaba su llegada y por qué ella volvió sobre sus pasos tras dejar al niño?

Cualquier conclusión pertenece más al campo de la especulación que al de la evidencia arqueológica hallada por un equipo internacional de científicos de la Universidad de Cornell en Nueva York y de Bournemouth en el Reino Unido, en conjunto con el Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos.

El estudio publicado en la revista especializada Quaternary Science Reviews revive un drama humano que data de hace más de 10 mil años, pero aún vigente en nuestros días. Se trata tan solo de una de las decenas de historias que conservan las huellas en la arena del desierto Nuevo México.

 

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Alejandro I. López

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Alejandro I. López
Tags: arqueologia Homo sapiens huellas Nuevo Mexico Pleistoceno

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