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Los nuevos hallazgos de las pirámides mexicanas: templos de los dioses

Conoce la maravillosa historia y los nuevos descubrimientos de las enigmáticas pirámides mexicanas: Teotihuacan y Chichén Itzá.

Dos equipos independientes de arqueólogos e ingenieros mexicanos escudriñan con alta tecnología lo que se oculta bajo los principales edificios en las ciudades prehispánicas de Teotihuacan y Chichén Itzá.

Lo que han descubierto en Teotihuacan y Chichén Itzá nos llena de asombro.

Las 187 zonas arqueológicas mexicanas abiertas al público resguardan las ruinas de los templos y centros ceremoniales de ciudades abandonadas o destruidas hace siglos (Teotihuacán y Chichén Itzá).

Son vestigios de las antiguas civilizaciones olmeca, maya, tolteca, mexica, chichimeca, mixteca, zapoteca…

Pero aún falta mucho por descubrirse. Incluso en esas zonas de Teotihucan y Chichén Itzá, que pueden visitarse, hay muchos edificios cubiertos por la maleza, o por construcciones modernas.

Teotihuacan

Tan sólo de Teotihuacan, que es quizá la zona arqueológica mexicana más popular a nivel mundial, se ha explorado menos del 10 por ciento del área total que esa ciudad cubrió en su momento de mayor auge, entre los siglos III a VII de nuestra era.

Lo que vemos en la actualidad, en todos estos sitios, son en realidad reconstrucciones de cómo pudieron verse esos edificios.

Tal vez nunca tengamos acceso a su belleza original, pues en su mayor parte el revestimiento de sus paredes se ha perdido.

Se sabe que muchas construcciones estaban cubiertas de color rojo, por ejemplo, o que tenían sofisticados motivos pictóricos.

El tiempo las ha despojado de todo ese ornato y solamente vemos las piedras de las que fueron hechas (un poco como si a las paredes de una casa les quitaran el yeso que las recubre, y quedaran expuestos los ladrillos). Sin embargo, aun desnudas de su colorido original, esas estructuras nos siguen imponiendo todo su misterio.

Permiten asomarnos a un pasado milenario muy distinto a la cultura en la que vivimos ahora, con otra visión del tiempo, del espacio y del ser humano. El paso de los siglos, y a veces los milenios, cubre con tierra los vestigios del pasado.

Por ello, los arqueólogos han limpiado pacientemente la maleza y los árboles que crecieron sobre muchos de estos edificios.

También han realizado minuciosas excavaciones para desenterrar los restos que los habitantes de estas antiguas civilizaciones de Teotihuacan y Chichén Itzá dejaron.

Así descubrieron que las grandes pirámides prehispánicas suelen estar construidas sobre otras pirámides, o sobre montañas naturales, o ambas.

Cholula

Pongamos por caso la pirámide de Cholula, cercana a Puebla y dedicada al dios de la lluvia Tláloc. Es la de mayor superficie en el mundo (400 metros por lado), y fue construida originalmente sobre una elevación natural, en el siglo II de nuestra era.

A esa construcción original, años más tarde, se le superpuso otra pirámide más grande, y otra, y otra, hasta llegar en el siglo X a su máxima dimensión.

Esas pirámides interiores se han podido visualizar debido a los túneles que los arqueólogos han perforado en las paredes de la pirámide (y que están abiertos al público).

Como si no fueran suficientes cuatro templos superpuestos, cuando los españoles conquistaron a los pueblos originarios en el siglo XVI, construyeron una iglesia en la cúspide de esa enorme estructura. Así es como la gran pirámide de Cholula ha sobrevivido hasta nuestros días.

Foto: Getty Images

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Técnicas de exploración en Teotihuacan y Chichén Itzá

Pero las técnicas de exploración evolucionan y ahora ya no es indispensable perforar los antiguos templos para conocer qué hay dentro o debajo de estas construcciones.

Dos historias del presente muestran cómo los arqueólogos utilizan la tecnología para desentrañar los misterios del pasado.

Una ocurrió en la zona arqueológica maya de Chichén Itzá, en la península de Yucatán, y la otra nada menos que en Teotihuacan, cerca de la Ciudad de México.

En Teotihuacan y Chichén Itzá, por cierto, estuvo involucrada la poderosa serpiente emplumada…

Nuevos descubrimientos en Teotihuacán y Chichén Itza

Chichén Itzá

En las profundidades de Kukulkán Chichén Itzá es el mayor complejo arqueológico del estado de Yucatán. A medio camino entre Mérida y Cancún, es un sitio obligado del peregrinaje turístico.

Es una de las más importantes ciudades de la cultura maya y se detectan en ella tres grandes etapas:

La primera inicia en el siglo VI y se considera que fue compuesta por mayas “puros”, es decir, que no tenían una influencia de otras culturas.

La segunda es de transición, y en ella aparecen los primeros signos de la influencia de las civilizaciones del altiplano mexicano.

La tercera etapa, que es la que tiene los edificios más visibles a la fecha, es ya totalmente un estilo híbrido entre lo maya y el centro de México.

Posiblemente víctima de la guerra contra alguna otra ciudad, comenzó el declive de la urbe hacia el siglo XIII de nuestra era.

Si bien ya no era un centro activo de poder, aún recibía peregrinos religiosos cuando los primeros españoles, comandados por Francisco de Montejo, llegaron a tierras yucatecas en 1527.

Pirámide de Kukulkán (Serpiente emplumada)

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El principal atractivo es la pirámide de Kukulkán, nombre maya para la serpiente emplumada. A esa estructura de unos 30 metros de altura y poco más de 55 de base también se le conoce como El Castillo.

En 2014, un equipo de arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), e ingenieros del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), iniciaron en ella un interesante proyecto de investigación.

Todo comenzó años antes, en una plática de amigos, según cuenta la arqueóloga Denisse Argote. Ella ya conocía a los ingenieros René Chávez, Andrés Tejero, Gerardo Cifuentes y Esteban Hernández por haber trabajado juntos en otras excavaciones.

Fue una mera ocurrencia: ¿qué tal si aplicamos el método de la tomografía de resistividad en Teotihuacán y Chichén Itzá para ver si descubrimos nuevas estructuras subterráneas?

Foto: Getty Images

Estudios en Chichén Itzá

La tomografía de resistividad consiste en medir las diferencias de voltaje eléctrico de los distintos materiales del subsuelo, lo que permite inspeccionar el interior de las estructuras sólidas sin necesidad de invadirlas, perforarlas o alterarlas.

Ya en el año 1997, Chávez había tenido la oportunidad de trabajar con arqueólogos y geofísicos que tenían la idea de que debajo de las pirámides había una cavidad o un túnel. Entonces usaron otra técnica similar, llamada georradar.

Examinaron la plaza principal y detectaron posibles estructuras y caminos. Uno de ellos parecía que entraba hacia la pirámide. Hubo que pedir permisos, conseguir el dinero, preparar el equipo y luego hacer las mediciones.

Por medio de los electrodos de cobre colocados estratégicamente alrededor de la pirámide de Kukulkán, se obtuvieron imágenes tridimensionales del subsuelo.

La tomografía de resistividad permite inspeccionar el interior de estructuras sólidas sin invadirlas o perforarlas.

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Las pirámides y la astronomía (Teotihuacan y Chichén Itzá)

Los mayas no construían sus templos al azar. Los orientaban de acuerdo a complejos cálculos astronómicos.

Es el caso de la pirámide de Kukulkán. Debido a su especial orientación, durante los solsticios de verano e invierno una mitad de la estructura de la pirámide queda en sombra, mientras que la otra es iluminada totalmente.

Esa misma disposición permite que en los equinoccios de primavera y otoño se observe durante unos minutos el curioso fenómeno del “descenso de la serpiente”.

Se trata del efecto de la sombra del Sol sobre las plataformas de la pirámide, que, proyectada contra los bordes de la escalinata, produce triángulos de luz que provocan la ilusión de que la efigie de la serpiente emplumada esculpida al pie de la pirámide se “mueve”.

Descubrimientos en la pirámide de Kukulkán

Los resultados concluían que bajo la pirámide de Kukulkán, hay una enorme cavidad que alberga agua.

Castillo de huesos

En esa región de la península de Yucatán, por el tipo de suelo que la conforma, no hay ríos superficiales. En cambio, todos los ríos son subterráneos.

La erosión que producen esas corrientes, sumada a la filtración del agua de lluvia, va socavando el subsuelo. Llega un punto en que el piso se colapsa por su propio peso.

Lo que queda es un agujero donde termina expuesto el sistema fluvial que corre bajo la tierra. A esas cavidades abiertas, con agua, se les conoce como cenotes.

En el complejo arqueológico de Chichén Itzá hay dos formaciones de este tipo:

El Gran Cenote Sagrado, que tiene una abertura de 60 metros de diámetro y una caída en vertical de 15 metros antes de llegar al agua, y Xtoloc, un cenote más pequeño y menos conocido.

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Justo en la línea recta que se forma entre ambas cavidades, se encuentra El Castillo. En la misma zona hay también una pequeña pirámide cercana, conocida como El Osario, que es una especie de réplica en miniatura de El Castillo: tiene la misma cantidad de basamentos y más o menos las mismas proporciones, si bien a escala menor.

Lo que no tiene es la orientación solar de la pirámide más grande. Tampoco hay en su punta ningún templete, solamente los restos de que alguna vez lo tuvo.

Pero esa pirámide tiene una característica singular: en su punta, cubierta por una puerta metálica puesta en tiempos recientes por los arqueólogos, hay una angosta abertura que desciende en vertical hasta una gruta subterránea.

Las razones por las que los mayas descendían a las grutas son muy distintas a los motivos por los que se hace ahora.

En la actualidad es un deporte, pero para ellos era bajar al Xibalbá, el inframundo, la región donde termina y nace la vida.

Teotihuacán

El túnel de la Serpiente Emplumada

En la zona arqueológica de Teotihuacan, dos grandes construcciones dominan el horizonte: la pirámide de la Luna y la majestuosa pirámide del Sol.

Teotihuacan significa, en náhuatl, el idioma de los antiguos mexicas, ciudad de los dioses, porque para cuando ellos llegaron a poblar esta zona del altiplano mexicano, esos edificios ya eran ruinas abandonadas.

No habiendo a quién achacar la construcción de semejantes montañas artificiales, la adjudicaron a las deidades.

No se sabe cuál era el nombre original de ese enorme complejo de templos piramidales y construcciones que abarcan un área de 22.5 km2, o si es que tenía un nombre. Tampoco se ha encontrado una sola inscripción originaria que permita aclarar el misterio.

Se sabe, por ejemplo, que estuvo habitado por gente de distintas etnias y que cada etnia tenía su propio “barrio”. También se ha calculado que su fundación fue alrededor del siglo I antes de nuestra era.

Pero mientras los turistas se distraen escalando los 238 escalones de la pirámide del Sol, que los lleva a una altura de 65 metros, o admirando los 43 más modestos metros de altura de la pirámide de la Luna, prestan poca atención a otra estructura que se encuentra en el otro extremo del complejo arqueológico:

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La Ciudadela, con su pirámide dedicada a la Serpiente Emplumada, también conocida como Quetzalcóatl.

Foto: Pexels

Restauración de la Ciudadela en Teotihuacán

Como no es una pirámide especialmente alta, no resulta tan llamativa, salvo por las múltiples esculturas en roca de la mencionada serpiente intercaladas con las de otra figura que (con mucha imaginación) los arqueólogos aseguran es un cocodrilo con los ojos saliendo del agua.

En 2002 el arqueólogo del INAH Sergio Gómez Chávez había comenzado un proyecto de restauración de esa pirámide.

Las constantes lluvias, la contaminación y los bruscos cambios de temperatura estaban desgastando el tezontle del que está construida.

Como la zona es de clima semidesértico, en un mismo día la superficie de las rocas puede descender a menos dos grados centígrados bajo cero en la madrugada y a medio día alcanzar los 50 grados. Eso, a la larga, quiebra la piedra. Además existía el problema de las inundaciones.

La Ciudadela es una especie de enorme cuadrado cerrado por todas partes, por lo que cuando llueve puede formarse una laguna artificial.

Para evitar eso, se decidió reabrir el drenaje prehispánico, que los propios teotihuacanos habían construido en su tiempo. Sin embargo, al excavarlo, hallaron en él alrededor de 50 cadáveres humanos.

Todos habían sido sacrificados”, cuenta Sergio Gómez. “Algunos estaban decapitados. Otros tenían los huesos rotos.

Al parecer, los propios teotihuacanos habían realizado un ritual para cerrar el drenaje. ¿Con qué fin? Todo indica que buscaban que la ciudadela se inundara.

El agua estancada recrearía parte del mito de la creación que dice que en tiempos que nadie recuerda solamente había agua, un mar, del cual emergió la montaña sagrada.

Era una manera de representar a ese océano primigenio; donde la montaña sería la pirámide de la Serpiente Emplumada.

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Nuevos hallazgos en Teotihuacán

Los planes cambiaron drásticamente la mañana del 2 de octubre de 2003, cuando le avisaron a Gómez que se había abierto un profundo agujero al pie de la pirámide.

Al parecer una roca se había movido de sitio por culpa de las lluvias y había dejado al descubierto un tiro hacia el subsuelo.

Era en realidad un túnel vertical, de 83 cm de diámetro, hecho por manos humanas. Ayudaron a Sergio Gómez a bajar, atado de una cuerda.

Al llegar al fondo, 14 metros por debajo de la superficie, se dio cuenta de que estaba ante un descubrimiento insospechado: ahí, detrás de toneladas de tierra y rocas, había un túnel construido hace cientos, quizá miles de años.

Dentro del inframundo Tuvieron que esperar seis años para que pudieran iniciar las excavaciones. Fue necesario obtener los permisos y el dinero.

En esos seis años Sergio no se quedó cruzado de brazos. Él tenía la certeza de que la verdadera entrada al túnel debería estar a cierta distancia hacia el este y que terminaría en el oeste, justo debajo de la pirámide.

Buscó a su amigo Víctor Manuel Velasco, ingeniero del Instituto de Geofísica de la UNAM, para hacer una exploración del subsuelo por medio del georradar.

Es un aparato con dos antenas: una lanza ondas electromagnéticas y la otra las recibe.

Se registra el comportamiento de esas ondas de acuerdo a cómo rebotan contra los materiales que se van encontrando.

Con este método se pudo comprobar la teoría de Sergio Gómez: la señal que provenía de lo que sería el túnel corría de este a oeste y la entrada estaría a cierta distancia de la pirámide.

Foto: Getty Images

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El túnel de Teotihuacán

Las predicciones de Sergio sobre la longitud y dirección del túnel no estaban hechas al azar: él sabía que para los antiguos pobladores de Teotihuacan el simbolismo era esencial.

Por eso orientaban sus construcciones de modo tan preciso. El túnel debería tener un significado mágico y en este caso estaría relacionado con la salida del Sol por el este y su ocultamiento por el oeste.

Es ahí que el Sol iniciaba su viaje por el inframundo para volver a resurgir a la mañana siguiente. El túnel, no le cabía la menor duda, sería una representación del inframundo: un lugar frío, oscuro y húmedo.

El túnel tiene zonas propensas al derrumbe, además de presencia de gas radón, que es cancerígeno, por lo que nunca estará abierto al público.

Se trata del mayor descubrimiento arqueológico de la última década en México: más de 100,000 ofrendas prehispánicas en un túnel de poco más de 100 metros de longitud bajo la pirámide de la Serpiente Emplumada.

Melisa Velázquez

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Melisa Velázquez
Tags: Chichén Itzá pirámides pirámides mexicanas Teotihuacán

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