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Mitos y leyendas: Sirenas desde el fondo del mar

¿Te gustan las historias de sirenas? En 1822 un extraño animal conmocionó a la ciudad de Londres. Fue puesto en exhibición, a los ojos de los curiosos, y de acuerdo con las publicaciones de la época cientos de personas de todos los estratos sociales hicieron fila para verlo.

La criatura estaba disecada y procedía de las Indias Orientales. Llamó tanto la atención que incluso científicos y naturalistas se interesaron en ella. Luego de algunos estudios, validaron el hallazgo: se trataba de una sirena.

Su aspecto difería un poco de la imagen que comúnmente se tiene de estos seres; no era una bella doncella con exuberantes cabellos, prominente busto y resplandecientes escamas, sino más bien una pequeña momia de facciones simiescas que aún lucía algo de pelo negro y largo.

De su torso sobresalían un par de mustios pechos y comenzaba una escamosa cola de pez; todo sin alguna unión aparente. Tanto fue el desconcierto de los expertos, que se pensó en aceptarla como una nueva especie. Durante semanas no se habló de otra cosa: la sirena del capitán Samuel B. Eades fue todo un suceso, un ‘prodigio de la naturaleza’, dirían los diarios. 

El beso de una sirena — Gustav Wertheimer 1882 .

Caídas del cielo

En prácticamente todos los continentes podemos encontrar alusiones al mito de las sirenas: criaturas híbridas cuyo cuerpo es por lo general representado con forma humana hasta el vientre y cola de pez. Sin embargo, no todas las características coinciden con esta imagen.

En la Antigüedad se denominaba de este modo a todo ser compuesto por partes femeninas –como era el caso de las centauras ––. A las sirenas clásicas “en la tradición greco-oriental –explica Alfonso Reyes en su Reseña sobre las sirenas– [también se] las presenta como seres híbridos, la cabeza de mujer, el cuerpo revestido de plumas, y patas de pájaro”.

Estas monstruosas ninfas de deliciosa voz, mencionadas por Homero en su Odisea (800 a. C.) y derrotadas por Orfeo cuando intentaron hechizar a los argonautas, cambiarían radicalmente al perder su plumaje y sumergirse en las profundidades del mar.

La causa de esta mutación es rescatada en el Diccionario de mitos, de Carlos García Gual: tras una disputa entre musas y sirenas, estas últimas serían desplumadas y arrojadas al océano. Otra razón la ofrece el historiador y ensayista alemán Erwin Panofsky, retomando las figuras femeninas del imaginario celta relacionadas con el agua. 

MITOS Y LEYENDAS: EL JINETE DECAPITADO, TERROR A CABALLO

Pero quizá las raíces de la sirena como nosotros la conocemos (y de su contraparte masculina, el ‘Tritón’, mancebos con cola de pez) se encuentren en la figura de Oannes, dios mitad humano y mitad pez de las culturas sumeria, babilonia y caldea, que enseñó a los hombres matemáticas, letras y otras artes, y de su versión femenina, Atargatis.

No se sabe en realidad qué motivó la mutación de aves a ‘anfibios’ de estos seres. Algunos autores coinciden en que a partir de la aparición del Libro sobre los diversos géneros de monstruos (escrito en el siglo VI d. C.) las sirenas adoptaron la forma que actualmente vemos, perdiéndose en la memoria las terribles mujeres pájaro.

Ulises y las sirenas (cuadro de John William Waterhouse).

El embrujo de la sirena

Esta nueva figura de ensortijados y húmedos cabellos fue usada durante la Edad Media para encarnar simbolismos como la tentación, el deseo de la carne o la vanidad –– de ahí que comúnmente se les vea representadas sosteniendo un espejo y un peine ––.

Eran vistas como seres siniestros y carentes de alma cuya enigmática voz, hechiza al hombre y lo arrastra hasta las “profundidades de los sentimientos, de las emociones”, como expresa J.C. Cooper en su libro Cuentos de hadas.

Se trata de una representación de la sexualidad y la feminidad, que según las ideas religiosas del Medievo, sólo conducían al pecado y a la muerte. 

El experto en mitología Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) ahonda en el tema y las concibe como símbolos de las tentaciones “en el camino de la vida (la navegación), que impiden la evolución del espíritu reteniéndolo en la muerte prematura”.

Por su parte, Nadia Julien, en su Enciclopedia de los mitos, simpatiza con esta idea y las llama “la mujer fatal”, seductoras pérfidas que acarrearán, a quien las siga, a la muerte física o espiritual.Como vemos, el cambio no sólo fue en su forma, también su función en el imaginario mítico se vería modificada.

Tal transformación más adelante tendría otra cara con la llegada del cuento The Little Mermaid (La Sirenita, 1836), del escritor Hans Christian Andersen.

La trágica historia de la joven sirena que renuncia a su voz por un par de piernas humanas y el amor de un mortal. Bajo esta vertiente, Cirlot observa uno de los aspectos más nefastos del deseo que estas semimujeres despiertan: son capaces de excitar en los hombres un anhelo que ellas mismas no sienten y que al final “su cuerpo anormal no podrá satisfacer”. 

Edward Poynter: La Cueva de la Tormenta: Ninfas (1903).

Falsas sirenas

En gran medida la popularidad de tales seres se debe a los testimonios y avistamientos de marineros que siglo tras siglo han afirmado su existencia. Entre los más famosos se puede mencionar el que tuvo Cristóbal Colón, quien en 1493 avistó, cerca de Haití, a tres sirenas. De ello escribió: “no eran tan bonitas como se me representaban”.

Otro que dijo haberse encontrado con ellas fue el explorador británico John Smith (1580-1631), quien en 1614 vio a una de ojos redondos y pelo verde y largo. Con la gran cantidad de ejemplos que se manejaban no era de sorprender que algún otro afortunado, como el viejo capitán Eades, diera por fin con uno de estos fantásticos seres, a principios del siglo XIX.  

Pero, como dicta la leyenda, escuchar su canto siempre trae la desgracia. Aunque parecía que todo iba viento en popa, a Eades poco le duró el gusto: su sirena, como era de esperarse, resultó ser falsa.

Desde hace más de 400 años en las Indias y otras regiones elaboran sirenas empleando la cabeza y el torso de simios, cosidos a una cola de pez. La magnífica adquisición de Eades era una de ellas, aunque él no lo sabía.

El engaño se descubrió pronto y el capitán, tal y como narran las leyendas, caería en la miseria al quedar arruinado y con una deuda que cargaría el resto de su vida.

MITOS Y LEYENDAS: HÉRCULES, EL HÉROE PERFECTO

Otro caso famoso fue el de la ‘sirena de Fiji’ que el empresario estadounidense P. T. Barnum supuestamente había encontrado en 1842. Este hombre, un carismático estafador que cautivaba con las ‘maravillas’ que mostraba en su circo de fenómenos, en una de sus presentaciones engañó a miles de personas en Nueva York al falsificar un cable en el cual se daba la noticia de la captura de una sirena real cerca de las islas Fiji, en el océano Pacífico.

Para terminar el truco y atraer a la mayor cantidad de personas a su espectáculo, imprimió 10 mil volantes con fotos de hermosas niñas con cola de pez. Cuando se descubrió la farsa, en los periódicos se supo que Barnum había alquilado a su ‘sirena’ en un museo.

En la actualidad se aventura que la sirena de Fiji pudo tratarse de la misma quimera seca y arrugada que veinte años antes había causado revuelo en Londres; los registros indican que el museo la había comprado a un joven cuyo apellido era, curiosamente, Eades. 

Texto publicado por revista Muy Interesante México. / Especial Mitos y Leyendas

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